viernes, septiembre 15, 2006


Coitus interruptus o La admiración tenía un precio.
Quedé ayer con un amigo junto a el oso de la Puerta del Sol. Tener que contemplar los genitales del plantígrado durante 20 minutos en contrapicado rozaba la zoofilia, así que subo dando un paseíto en dirección a Callao.

Como a punto de ser prensado, entre El Corte Inglés y la Fnac, un joven con aspecto de haber dejado una cátedra en Ucrania, toca el cello. A su alrededor, el caótico circular de compradores compulsivos y voluntarios de ong, que también piden, pero sin tocar nada.

Poder esperar mientras escucho la Suite para cello de Don Juan Sebastian, una de mis favourites ever, me llena de arrobo. Porque el rapaz agarra de las alas a toda la jerarquía angélica y me la planta ante los ojos cada vez que desliza el arco sobre las cuerdas.
Son numerosas las personas que depositan su óbolo en el canastillo habilitado al respecto. Cada vez que esto sucede, el violonchelista inclina la testa mientras el arco mantiene invariable su trayectoria y la mano izquierda su frenético movimiento, imprescindible para poner tanta serenidad sobre el asfalto.
Junto a mi, una chica escucha embelesada. Tiene el aspecto de una monjita en fin de semana.
Al acabar el primer tema, el músico aprovecha para ajustar una de las clavijas. Es entonces cuando la joven se desliza hacia el, y con dos deditos deposita una moneda en su mano. El virtuoso se levanta inclinando no solo el cráneo, sino también la cerviz, convertido en mendigo musical.

El ejecutante ejecutado se dispone a seguir tocando, pero la groupie babeante continua una perorata que mi oído de tísica no alcanza a oír. Como veo que pone los ojos en blanco, se lleva la manita al pecho y hace que se desmadeja, una de dos, o la cosa va de embeleso musical, o se le está declarando.
El concertista de aire libre hace un amago de sentarse para continuar, pero la moza le planta una zarpa en el antebrazo y sigue loando. El músico exhibe una expresión resignada, pero amable, no como yo, que debo tener cara de gorgona por haberme quedado sin regalo.
Por encima del hombro de la samaritana musical, el muchacho echa una mirada furtiva a la cesta, más sorda que Doña Rogelia, constatando arco en mano, que pierde a un ritmo de 2o centimos por palabra.

Y mi amigo llegó.

15 comentarios:

Yorchus dijo...

La única vez en mi vida que he practicado la caridad en forma de intercambio económico fue a un hombre en el metro de nuevos ministerios que también tocaba una pieza clásica de forma escalofriante.

Aunque bien mirado, no fue caridad, fue recompensa...

Roxi dijo...

Marga! que linda la forma en que cuentas algo tan cotidiano, esto para mí es un cortometraje que hay que filmar inmediatamente.!!
El problema con los músicos de la calle es que son muy dispares, hay algunos muy buenos, en verdad virtuosísimos, pero hay otros que dan ganas de romperles los intrumentos y darles millones para que se vallan a sus casas y no toquen nunca más. Cuando me topo con uno de estos últimos me irrito y camino rapidito para no torurar mis oídos. Pero cuando en un día down, justo te cruzas con un músico que azarosamente toca una de tus melodías favoritas (y además lo hace excelente), eso es un regalo divino, ¿cómo no darle algo? ... aunque nunca será lo suficiente para recompensar esos segundos de felicidad.

Anónimo dijo...

El amigo con el que quedaste dice:

Me fascinan tus dibujos. En ellos hay romanticismo, música, olores, colores, sabores, parabólicas sinusoides que elevan los sentidos hacia una sencillez trascendente. Buena idea la del pelo-chelo. Sigue así, guapa. Besos.

doble visión dijo...

Brillante redacción de un hecho que pasa inadvertido al resto del mundo...Confirmas lo que siempre sostuve: que lo que atrapa no es la historia sino la manera como se la cuenta.

saludos

PD. Muy sutiles las ilustraciones

Xurri dijo...

Qué plasta, la moza.

Y es que hay gente que cuando paga se cree con derecho a exigir, en este caso atención. Espero que al menos el emolumento fuese suficientemente compensatorio.

El Deivid dijo...

Si yo viese a la chica monja cantora seguro que me caía mal.
Se creían con derecho por dar, y como dicen los mexicanos Brujería "lo que Satanás da te puede quitar".

Anónimo dijo...

Noy hay nada como el celo para desgarar el interior de uno.

Me gusta pelo-chelo, aunque prefiero chelo-pelo.

Salud

Aristóteles dijo...

Gracias por tu historia muy bien dibujada.

Besos.

toxcatl dijo...

si es que ya ni pedir en la calle se puede, a la mas minima se te acerca una acosadora contratada pro el ayuntamiento de madrid para reventarte el negocio.-

(un secreto: para mí que obolo es con B de barcelona; que igual me equivoco y quedo como una listilla...)

Eulalia dijo...

Por eso amo Madrid: por los amigos que hacen esperar y por la gente que toca el chelo y la que espera y escucha y se envenena con las tontas de remate y luego lo cuenta y lo dibuja como nadie.
Un beso, hermosa mía.

florecilla de alcanfor dijo...

Yo soy fan number one de los músicos callejeros. Y me voy a hacer fan tuya también, que dibujas peinados de chelo, zapatos fashion con gamba, personajes saliendo de un oído...
Y esas lenguas espiritrompas.

Un verso prescindible. dijo...

Siempre tuve ánimos de tocar el piano, pero de inmediato entendía que el instrumento no tenía cabida en una orquesta y mucho menos a pie de calle.

Lila Ortega dijo...

ay la sordera. ¿es apenas un mal de este siglo? o de la historia de la humanidad condenada a extinguirse en la más puta soledad... parece que todos queremos hablar así implique callar a los ángeles y dejarlos sin refrigerio... os acordáis de la fauna que en una conferencia de eruditos, en chaques de preguntar, lanzan toda su disertación a modo de pregunta? jajaja maja bonita me gusta verte escuchar, y oirte hablar

gonzalo dijo...

gracias por la música, por la imagen del oso bien dotado por las avenidas atestadas de gente y de sol en Madrid.

Hans dijo...

La reflexión, aparte de la relativa a lo brillante de la descripción del momento fugaz, es que la caida del Telón de Acero nos ha proporcionado miles de músicos formidables que lamentablemente han de tocar en calle. Digo 'lamentablemente' bajito: es un placer para nosotros, y probablemente es bueno que la música 'culta' se disfrute en la caalle y por todos. Sin embargo, ellos las pasan muy putas. En Zaragotham, sin embargo, sé de un cuarteto que tocaban delante del Corte Inglés y se han organizado para hacer conciertos en bodas y ceremonias, y se ganan la vida bien... A veces las cosas acaban bien a pesar del sufrimiento previo.