El Parkour es una forma de partirse los piños filosóficamente.
Su planteamiento es tan simple como el mecanismo de un chupete: se trata de unir dos puntos mediante una línea recta, que, al parecer, sigue siendo la forma mas económica de hacerlo.
Pero lo que tiene su aquel, es que dicha línea la dibuja a puro brinco un gachó, el traceur, que corre y salta cual primate para superar los obstáculos y mantener su insobornable trayectoria.
Una vez fijados el punto de salida y el de llegada, si hay que saltar se salta, si hay que trepar se trepa. Que se encuentra un árbol, se sube y de allí salta a otro, que se topa con un muro, se encarama a él y accede a una ventana.
Y no de cualquier forma, sino manteniendo compostura y estilo, tobillos de hormigón con apariencia de goma y dedos finos siempre dispuestos a agarrarse a una cornisa.
El traceur salta con la elegancia de una pantera, y si alguna vez su vuelo encuentra el suelo, no tuerce el gesto, ni resopla, ni se lleva la mano al glúteo o se limpia la rodilla con saliva. El traceur se levanta y sigue.
Para que luego digan que la juventud se tuerce, o que es inconstante o díscola. Su slogan: Ser y durar.
El Parkour salió del magín de un militar-bombero que lo ideó para que su hijo pudiera sobrevivir a los rigores castrenses. La escalada en el marco del ejercito no es asunto desdeñable, pero al mancebo le ponía más acceder a cimas mas palpables y con sentidos no exclusivamente verticales. Así que, colgó el cetme, y sustituyo árboles por edificios, y lagos por fuentes.
En realidad, esto no es nuevo. Hace cuarenta años ya lo hacía Mary Poppins, niñera inconsciente, acompañada de un deshollinador y dos párvulos por los tejados de Londres. Siempre me encantó esa secuencia, desde niña. Mi madre no encontraba la forma de desprender mis garras de la butaca del cine de sesión contínua donde la veía una y otra vez.
Si mi sacro fuera un poco más profano, me pondría una falda con crinolina y desde mi balcón saltaría a la cornisa del Centro de salud, de ahí a los Cubos de la Plaza de Santa Micaela, y luego de farola en farola, Gran Vía arriba, hasta llegar a los acogedores brazos de la Cibeles.
Podeis verlo aquí a escondidas de adolescentes y maduros emuladores, por Dios…no intenteis hacerlo en vuestras casas...
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Si mi sacro fuera un poco más profano, me pondría una falda con crinolina y desde mi balcón saltaría a la cornisa del Centro de salud, de ahí a los Cubos de la Plaza de Santa Micaela, y luego de farola en farola, Gran Vía arriba, hasta llegar a los acogedores brazos de la Cibeles.
Podeis verlo aquí a escondidas de adolescentes y maduros emuladores, por Dios…no intenteis hacerlo en vuestras casas...





