Síndrome postvacacional
Si hay alguien que esté a favor de la introspección psicológica y de la ayuda del loquero soy yo.
Mi primer amor fue un amiguito que con diecisiete años ya había estudiado cuatro de medicina e iba para psiquiatra, además disponía de un abdominal con un alicatado impecable. Ya sabeis que la combinación entre de la neurona cultivada con el biceps fibroso me pone mucho, que le vamos a hacer.
El padre de mis vástagos era psicólogo (por la Sorbona ¿eh?) y listo como pocos. Montó un centro de terapia sobre las procelosas cimas de un pueblecito costero donde iba la flor y sobre todo la nata, de los neuróticos con pasta y bandolera.
Esto significa que he consumido todo tipo de terapias y talleres sin pasar por caja. Así que, intentando desentrañar los misterios y caprichos de mi psique, he sido pasto de psicoanalistas con diván de Philip Starck y cuño lacaniano, jungiano, freudiano, annafreudiano, melaniekleiniano, conductistas postpaulovianos sin perro, gurús con resaca de la era de acuario, psiquiatras gestálticos de Berkeley con kaftan y barbas, curadores a través del color, de los prismas, del barro, de la escritura japonesa, del haiku, de los colores, de los números, de los cuarzos.
He sido víctima gustosa de enderezadores del chakra , aventureros de la danza luxados y discípulos de Twyla Dwarf y la Graham, renacedores de piscina con pantalones de Kenzo, virtuosos del piano con ocarina, actualizadores de ritos andinos y cuentas suizas, visionarios de serpientes emplumadas nacidos en Oxford Street sin blanca, curadores a través de las vibraciones del gong tibetano, del barro, de las vitaminas, del ylang ylang, de los canastos de mimbre y la natación.
Menuda suerte. Durante años tomé te y pastas junto al mar con lo más granado de la psiquiatría y psicología internacional y con más de un pedorro con incienso.
Pero amiguitos, escucho lo del síndrome postvacacional y mi maltrecha carne de diván se enerva. Ay lectores queridos, es que la vuelta a la oficina pone malita a la gente, irritable, díscola, neurotiquilla. Se les cae el café en el pantalón y se hunden, el compañero les pide un informe y se suicidan. Conscientes del problema, algunas empresas ponen a disposición de los recién incorporados un gabinete psicológico, al parecer con gran éxito.
Con ponerle un cartelito de síndrome a los problemas, ya nos dan excusa para ser descontrolados, y directamente estúpidos. La frustración existe, y no estaría mal aprender a soportarla un poquito, incluso sin ayuda.
No a los síndromes tontos que nos dan permiso para ser débiles bajo el rotulo de la enfermedad, no, no y no. He dicho.
Tu comentario es el mejor regalo, no seas tacaño.....
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