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jueves, noviembre 23, 2006

Gracias Florecilla

Anoche me encontré con una conocida de toda la vida.

Estaba junto a un cajero, con su perro. La osteoporosis le ha dejado un cuerpo menudito de brazos desmesuradamente largos. Llevaba una boina ladeada adornada con un broche que le daba un aire a lo a Louise Brooks septuagenaria de lo más chic. Me pilló echándole un vistazo a sus zapatillas deportivas de un dorado mate, yo creo que de Prada, pero hubiera tenido que guiñar mucho el ojo para confirmar. Una chulada. Se alzo un poco la pernera de lustrosísimo tweed del pantalón para facilitar mi avistamiento.
-Un caprichito, pero son comodísimas hija. Comodísimas.
Isabel es una señora que desciende de tres generaciones de mujeres que siempre encuentran algo agradable que decirte. La última vez que ví a su madre, con 98 años y ya enferma de alzheimer se interesó por mi inexistente hermano “el que vive en Tokio” para reiterarme ,acto seguido, el mismo piropo con el que lleva apuntalando mi autoestima desde la década de los setenta “pero mira que es elegante esta niña-joven-señora”.
Su hija es igual. Sus charlas a pie de portal jamás incluyen la meteorología ni la artrosis. Sin embargo, la noté algo distraída mientras alababa mi nuevo corte de pelo, como habla uno mientras piensa o hace otra cosa, un poco despacio. Intentaba quitar el papel de una pegatina del tamaño de una tarjeta de visita.
Al parecer, la entidad bancaria frente a la que nos piropeabamos hizo un recortecito de plantilla prejubilando a un montón de gente en plena posesión de sus facultades, entre ellos su hijo. La anciana está haciendo su propia guerrilla urbana pegando pasquines que informan de la situación por las entidades bancarias de los Jerónimos y zonas aledañas. Me enseñó una de las pegatinas. Con impecable caligrafía describía la situación laboral con un breve texto escrito en rima asonante.
- Aprovecho cada vez que saco al perrito para pegarlas. Tan solo duran unas horas, se quitan con facilidad. Mañana ya no están.

- Te están grabando lo sabes ¿No?, le dije apuntando a la omnipresente camarita.

Se encogió de hombros, me dio un beso y continuo su periplo calle arriba. Me quedé mirándola mientras caminaba. La ví detenerse en otro banco más arriba. Hablaba con una pareja de jóvenes mientras pegaba otra pegatina.
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sábado, noviembre 04, 2006

Saturna

Trabajar como recepcionista de un Centro de Salud permite manejar dos variables muy cotizadas : espacio y tiempo.

Como el espacio lleva bata y fonendo y está fijado de antemano, la única potestad de la trabajadora es la distribución del tiempo de dicho espacio entre los afiliados. Sin embargo, el desempeño profesional de mi Cronos particular está marcado por un atroz determinismo. Cada vez que levanta la mirada, la misma petición: una hora. Y la demanda siempre enmarcada por un principio y fin idénticos con el regustillo de un deja vu de sesión continua.

Frente a tanta frustración, viendo pasar el tiempo administrándolo, y al constatar que lo que espera se cumple siempre, mi Saturna sabe como humillar al afiliado defendiendo sus dominios sin tener que zamparse a sus propios hijos. Así, de paso, le pone un poco de chispa y giro argumental a tanto destino prefijado.

Y lo hace de forma que el paciente no encuentre nada a lo que asirse para presentar una reclamación de agárrate y no te menees.

No sale de su boca una palabra más alta que la otra, no hay negativas ni negligencias. Es una especie de Jack el Destripador que no dejara sangre, ni vísceras, ni tan siquiera cadáver.

Refinada discípula de Sade, sabe como dejar en el aire una mano que sujeta una tarjeta caducada, mirar con repugnancia un antebrazo excesivamente avanzado, retrasar la aparición del monosílabo que confirma una petición, alzar voz y comisuras mientras solicita una prueba del sida, plantar sobre el mostrador, con la contundencia de un cubata, el frasco de heces de una impecable ancianita.

Si todo es previsible, si Dios, los genes, la sociedad o mi directo superior hacen que una acción vaya seguida siempre de una consecuencia esperable, mi recepcionista pondrá una zancadilla al destino para evitarlo.

La cosa no deja de carecer de mérito, mi Saturna frente a Hobbes, Skinner y Newton.
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viernes, noviembre 03, 2006

Fumadores

Me cuenta un amigo que en su colegio, allá por los sesenta, los profesores castigaban a los niños díscolos a salir al balcón.
El mozalbete que era visto por los viandantes en aquella ubicación un numero determinado de veces, se labraba una reputación de incorregible indeleble sin tener que recurrir a orejas de burro ni a palmetazos en los nudillos. La visibilidad no era, por aquel entonces, deseable.

Gracias a la ley antitabaco el interior de la empresa se ha hecho visible como quien le da la vuelta a un calcetín. En Pompeya, la lava del Vesubio petrificó a cada uno en lo que hacía en ese momento, dormir, comer, amar. La urgencia nicotínica congela en una misma pose al carnicero con entresijos aún colgando del delantal y al ejecutivo con el índice Nikei pendiendo del lóbulo. Fuman de perfil, silenciosos, con un ojo mirando al zapato y el otro ya puesto en la pantalla del ordenador o en la olla. Y siempre dentro de un círculo de colillas.
Cuantos secretos desvelados. El elegante maitre que me recibe en el restaurante hace horas extras como pinche durante la mañana. La doctora que me anima a que deje la bollería industrial se marca un cigarrazo apoyada en la farola con el fonendo por corbata.
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martes, octubre 31, 2006

Burbujas

Cada cual tiene su burbuja, ese espacio circundante que, al ser franqueado, nos hace sentir la desagradable sensación de que el otro empieza a formar parte del ADN de uno. Dicen que los latinos tenemos una burbuja pequeña, que nos gusta la proximidad del prójimo. Mucho me temo que la mía la diseñó un austríaco.


Me encontré ayer con una conocida. La encanta describir lo que va a hacer ese día, semana o mes para comer. El único problema es su termómetro de interés donde el mercurio es ella misma desplazándose en la horizontal hacia el oyente. O sea yo.
Nuestras charlas siempre comienzan a una distancia neutra, pero, a medida que la cosa se caldea, su interés por lo que se dice, o más bien, por lo que ella misma dice, se evidencia por una gradual aproximación a mi mismidad.

El mundo de la elipsis la es ajeno: necesita contarlo todo para contar algo. Cuando me relata los canelones, como consecuencia de no escatimar ni un ingrediente, y de la consecuente aproximación de un centímetro por cada uno de ellos, al acabar de relatarme la cocción pude ver con claridad cada poro de su piel. Cuando llegamos a la salsa ya bizqueaba intentando mantener contacto visual, y en el postre prácticamente nos estábamos besando.

Ayer conseguí salvar mi columna vertebral del furibundo roce del autobús de pura chamba. Su descripción del cocido madrileño versión 1890, me tenía ya contra las cuerdas. Si no fuera por la valla protectora habríamos cruzado la calle.

Como no me apetecía mucho morirme ayer, me situé perpendicularmente a dicha valla. Es aquí donde, a salvo de su acercamiento, comienza la danza. Ella daba un paso hacia mi para contarme la bechamel y yo daba otro hacia atrás en una especie de tango arrastrado que nos condujo casi al lugar donde tenía que hacer mis recaditos.

Y además llegué bailando.
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viernes, octubre 20, 2006

Inseguridad (de la) ciudadana. Escenas Granvienses. Volumen X.


Camino por la Gran Vía. Es de noche y ya muy tarde, aprieto el paso. Sobrevalorando lo codiciable de mis elementos ornamentales, giro mi anillo de forma que la piedra quede en el interior de la mano.

Al tomar una esquina me topo con un barbudo enarbolando un palo. Me llevo las manos a la cabeza. Por mi mente pasa no sólo mi vida, sino la hipoteca y una rememoración del estado de mi depilación por si me tienen que llevar a urgencias. Combinando el flashback con una notable capacidad de desplazamiento, me planto en dos zancadas al otro lado de la calle.
Contemplo la escena en plano general. Es un mendigo, con un largo gabán oscuro anudado con una cuerda. Inclinado, asoma el perfil por la esquina apoyando el palo sobre el suelo. Espera agazapado hasta que otro mendigo está a su altura. Quiero avisarle, pero una vez pasada la situación de supervivencia, mi superego vuelve a tomar las riendas, y me impide gritar.
Cuando el indigente llega a la esquina, el del palo salta como un batracio. Se planta frente al otro que finge sobresaltarse poniendo las palmas a la altura del rostro, como una damisela de cine mudo. El otro suelta el palo y reproduce su gesto como un espejo. Comienzan a reír a carcajadas, se insultan, se cogen de los antebrazos , giran, se golpean, canturrean.
Los dejo rodando abrazados calle abajo.
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lunes, octubre 09, 2006

Flores de cafetería



Sintiendo la ineludible llamada de la cafeína, entro en una cafetería de camino a la Redacción.

En la barra, dos chicas negras impresionantes y el entorno testosterónico trastocadísimo. Los oficinistas hablan en voz alta, gesticulan y se ajustan el nudo de la corbata por turnos. Rodean a estas dos gacelas de melena setentera cardada al viento, cintura de avispa, labios de rubí, dientes de perlas, cuello de cisne. Y nuez.
Son dos transexuales emanando estilo y gracia más allá de todos los géneros y por encima y alrededor de los cruasanes y las caracolas. Desayunan en silencio. No llevan, aparte de las melenas, nada extravagante. Se diría que se han puesto de acuerdo para vestir igual. Vaqueros ceñidos, jersey de pico holgadísimo, a lo Jane Birkin y gafas de mosca. Pero son como vallas publicitarias, tan grandes que hasta lo más sencillo llama mucho la atención.

Las piernas de las divas dan tres vueltas al taburete antes de aterrizar en el suelo sin problemas. Miro mis patitas entaconadas colgando a veinte centímetros del pavimento.
Muerta de envidia y dejando rebotar mis pensamientos en los confines de mi triste uno setenta, pienso que más allá de los conflictos de identidad sexual, debe ser cansado desplegar una escenografía corporal tan inevitablemente aparatosa desde primera hora de la mañana. Apuro el café y dando un saltito desde el taburete inicio la retirada.

Más tranquila.
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viernes, septiembre 29, 2006


Buenos modales

Ejercer mi exquisita urbanidad en los medios de transporte público no es tarea fácil.
Sobre todo en lo que se refiere al espinoso tema de la cesión de asientos. Viajar sentada en bus me obliga a llevar a cabo una acelerada reflexión sobre la debilidad y la fortaleza del prójimo entre parada y parada. Decidir de un vistazo, quien es menos joven o esta más cansado o tullido que yo es ética y ontológicamente agotador. Y más si encima se lleva tacón.
Como un portero de campo de concentración a la inversa, tengo que decidir quien es el más débil de la cola de los que entran. Pero no para enviarle a la cámara de gas, sino a sentarse.
Complicadísimo.

Pica el bonobus una señora. Si yo tuviera sesenta años, saliera tan mona y tan peinadita a merendar con mis amiguetas y alguien me ofrece un asiento, me corto las venas. O sea que nada, trasero bien pegado a mi asiento.

Las embarazadas también tienen su enjundia. En ocasiones no se sabe si nos hallamos en el primer estadio de la gestación o del sobrepeso. El incauto ofrecimiento de la plaza puede ser motivo del desaire y exabrupto de alguna tripona deshabitada.

Los lisiados son una ecuación bien sencilla. Muletas, collarín, bastón igual a asiento. Facilismo, excepto por la inquietante circunstancia de que todos los lisiados se bajan siempre en la próxima parada.

Entra un jubileta. Perfecto candidato. Arrugadito y sonrosado. Tiene por lo menos ochenta años. Huele a colonia Nenuco. Es menudo y apenas llega a la barra sobre su cabeza diseñada por algún ingeniero mastodóntico del primer mundo ajeno a la verdadera altura del ciudadano medio. Se sujeta con ambas manos. Apenas roza la barra con las yemas.
Le ofrezco mi asiento. El viejete se estira y enseñándome una impecable dentadura de pago me dice:

-Señorita, ¿Soy alguno de los tres?.

Ante mi desencaje de mandíbula frente a pregunta tan teológica, el Séneca del 21, se queda colgado de un brazo y casi sin llegar con las puntas de los pies al suelo, y jugándose el coxis, señala con un dedito sacacorchos, un cartel a mi izquierda.

En él podemos ver tres siluetas, a saber:

Una embarazada con un vestido con canesú totalmente out
Un politraumatizado con cabestrillo y muleta
Un anciano con bastón y chepa.

Intento pensar a toda velocidad mientras el conductor deja convertida la montaña rusa del parque de atracciones en un columpio de párvulos. Medito mi respuesta, pisamos terreno resbaladizo.

No ,no, afirmo negando.


Desde luego no es ninguno de los dos primeros, y cualquiera se atreve a sugerir a esta jovial sonrisa con pantalón mil rayas que es el último.
Sacando pecho, satisfecho por la contundencia de su k.o , el púgil dialéctico del Inserso intenta meterse la camisa por el pantalón mientras esta a punto de partirse la crisma con el último trastabilleo del bus.

-Hay que tener humor ¿No le parece Señorita?. Tiene unas pupilas azul marino sin edad.

Asiento con la cabeza mientras constato que había olvidado considerar la galantería y la inmarchitable coquetería en el reparto de asientos.

No me vuelvo a sentar en el autobus. Demasiadas decisiones entre Goya y Princesa.
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viernes, septiembre 15, 2006


Coitus interruptus o La admiración tenía un precio.
Quedé ayer con un amigo junto a el oso de la Puerta del Sol. Tener que contemplar los genitales del plantígrado durante 20 minutos en contrapicado rozaba la zoofilia, así que subo dando un paseíto en dirección a Callao.

Como a punto de ser prensado, entre El Corte Inglés y la Fnac, un joven con aspecto de haber dejado una cátedra en Ucrania, toca el cello. A su alrededor, el caótico circular de compradores compulsivos y voluntarios de ong, que también piden, pero sin tocar nada.

Poder esperar mientras escucho la Suite para cello de Don Juan Sebastian, una de mis favourites ever, me llena de arrobo. Porque el rapaz agarra de las alas a toda la jerarquía angélica y me la planta ante los ojos cada vez que desliza el arco sobre las cuerdas.
Son numerosas las personas que depositan su óbolo en el canastillo habilitado al respecto. Cada vez que esto sucede, el violonchelista inclina la testa mientras el arco mantiene invariable su trayectoria y la mano izquierda su frenético movimiento, imprescindible para poner tanta serenidad sobre el asfalto.
Junto a mi, una chica escucha embelesada. Tiene el aspecto de una monjita en fin de semana.
Al acabar el primer tema, el músico aprovecha para ajustar una de las clavijas. Es entonces cuando la joven se desliza hacia el, y con dos deditos deposita una moneda en su mano. El virtuoso se levanta inclinando no solo el cráneo, sino también la cerviz, convertido en mendigo musical.

El ejecutante ejecutado se dispone a seguir tocando, pero la groupie babeante continua una perorata que mi oído de tísica no alcanza a oír. Como veo que pone los ojos en blanco, se lleva la manita al pecho y hace que se desmadeja, una de dos, o la cosa va de embeleso musical, o se le está declarando.
El concertista de aire libre hace un amago de sentarse para continuar, pero la moza le planta una zarpa en el antebrazo y sigue loando. El músico exhibe una expresión resignada, pero amable, no como yo, que debo tener cara de gorgona por haberme quedado sin regalo.
Por encima del hombro de la samaritana musical, el muchacho echa una mirada furtiva a la cesta, más sorda que Doña Rogelia, constatando arco en mano, que pierde a un ritmo de 2o centimos por palabra.

Y mi amigo llegó.
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sábado, agosto 05, 2006

Flores para E.

E. era el pincelito del barrio. Cada mañana se tomaba un cafelito en el bar de la esquina, llevaba un panamá coquetamente ladeado y una pajarita. Solo un verdadero caballero sabe llevar corbata de lazo sin parecer un hortera.
Ayer han sacado a E. de su casa en bolsas de plástico . Llevaba seis meses sin hablar con su familia.
Durante los seis meses el banco siguió pagando facturas y recibos.
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