Doctor PavorConstatando que en mi centro de salud no hay una enfermera caritativa dispuesta a sacarme un taponcillo de cera sin tener que pasar por tres trámites más y cuatro meses de espera, dirijo mis sordas pisadas hacia un centro privado.
El anuncio de que voy a dejarme la tela, pues no pertenezco a ninguna sociedad, me abre de inmediato todas las puertas, donde aparecen médicos con jeringas de agua en mano dispuestos a hacerme pasar un buen rato. Sin embargo, el otorrino al que me remiten tiene su puerta cerrada. Una enfermera sonriente y algo asustada ( luego constato que realmente lo está) me invita a pasar.
Frente a mi, un medico gigantesco dibuja con lápices Alpino. Sin levantar la cabeza me pregunta que me pasa. Luce un cráneo el rapado y una perilla fumanchú. Ni mi historial ni mi nombre le importan.
Suspira al levantarse y sin dejarme acabar, me lleva de la oreja a la silla metálica de barbero. Es entonces, cuando sin ni siquiera echar una miradita al interior de mis encantadores pabellones, coge una jeringa enorme, pequeña en sus manos de gigante, y un recipiente para residuos radiactivos amarillo y sucio que sujeto de un asa bajo mi oreja cual caperucita.
¡ Oh my God!, ¡ Sabía yo que mi lengua es a veces venenosa, y mi saliva mortal, pero había despreciado la potencialidad contaminante de mi cerumen! .
El Goliat leonardino, quizá deseoso de acabar el dibujo, me endilga un chorro con tal potencia y saña que mi conducto, incapaz de asimilar tamaño sunami, rezuma convirtiéndome en Miss Camiseta Mojada Madura.
La enfermera atribulada y atenta a mis expresiones de puro pánico con cada embiste hidraúlico musita “cuidado, cuidado”, con voz temblorosa.
Rodeada de mis propios residuos radiactivos, involuntariamente erótica, e intentando seguir mostrando mis cuarenta y tantas piezas dentales en modo sonrisa, le sugiero que aplique otro chorrito al oído izquierdo, donde repite un ritual de medicina precolombina similar.
Presa de entusiasmo tras la recuperación de uno de mis sentidos, bramo loas de agradecimiento infinito. Goliat alza tanto las comisuras que se juntan con los pliegues de sus ojos de chino.
-“Ojalá todas las enfermedades se curaran así, ¿ Verdad?”-me espeta activando incluso la función conativa del lenguaje, en un ataque de amabilidad afterhours. “¡Que llegara uno con los ojos mal y ¡ zaca!, se cure así de fácil” . Es en este momento cuando el galeno pintor y ahora histrión, se pone bizquear y desbizquear representando el resultado de alguna terapia similar a la del cerumen aplicada a la vista.
Echo un vistazo a su hoja de dibujos y las siluetas delicadamente entrelazadas me parecen estupendas. Me mira mirando y ahora de verdad me ve . Su expresión es la de alguien casi normal. Parecería que incluso espera un comentario o una respuesta.
Y, la verdad, comprendo que prefiera los lápices a las ceras.

