Early in the morningPrimera hora de la mañana. Olor a café, arrullo de periquitos, gato regalón.
Timbrazo y carrerita hacia la puerta. Al preguntar quien es, una voz me responde:
- El agua.
Me visita el agua. Pego la córnea a la mirilla. La lente cóncava muestra una cabezota de mujer de la que cuelgan un cuaderno y una linterna al final de unos bracitos de alambre. El cuarto elemento me sigue hasta el mingitorio sin resuello, tras subir tres pisos sin elevateur.
Decía Keats que él era aquel que escribió su nombre sobre el agua. Pues bien, esta joven no escribe sobre el agua, pero está claro que la lee. En su abultado cartapacio cabría el registro de lecturas de Mesopotamia. Como poco.
Antes de proseguir con mi relato he de decir, que mi tendencia a decorar lo indecoroso me llevó a montar un encantador jardincillo sobre la mocheta donde se oculta el contador en el baño.
Consta el altarcillo de una treintena de pedrezuelas de río (compradas), tres cactus mejicanos ( papier mache), un frasco de cristal con arena del Sahara (pan rallado) y caracolas marinas (Tour Todo A Cien). Detrás, un espejo tipo cornucopia con el objeto de favorecer el efecto duplicación, que es la forma más barata de tener el doble de cosas y de espacio.
Sobre la marcha constato que mi intento de transmitir una digna espiritualidad queda quizá algo desvirtuado por la total extroversión del inodoro a droite (tapa levantada).
Como con tanto barroquismo es imposible levantar la tapa del mochete del contador, inicio el cambio de escenografía en directo. Cada vez que dejo un guijarro sobre la cisterna, los periquitos henchidos de adrenalina, reproducen el sonido con la sincronía del eco, pero quince octavas por arriba y con la garganta de Johnny Weismuller. Recortados contra la ventana, se sacan los ojos compitiendo por emitir el graznido más espeluznante.
Tras de mí, la cartomante hidraúlica se refleja en el espejo mientras realizo la operación. Sus ojos oscilan sin pestañear, entre el kimono Madame Butterfly que envuelve mis carnes tolendas, o el desmantelamiento pret a porter, que llevo a cabo. De pronto un tercer estímulo absorbe por completo su atención. Siguiendo la dirección de su mirada veo que, sobre el lavabo, un calzoncillo adolescente marca su territorio con espatarrada contundencia flanqueado por un dispensador de jabón art noveau. Si bien es cierto que, totalmente centrado y por fortuna, introvertido.
Sudorosa abro la tapita del mochete. La exégeta de contadores enfoca con la linterna al interior manteniendo una distancia prudencial. Al apuntar su lectura en el cartapacio cada uno de los siete dígitos es subrayado por un graznido que levantaría a un muerto de su tumba y mi gato hasta el momento silencioso, inicia su propio contrapunto dodecafónico maullando como si le arrancaran la piel a tiras.
Consciente de las consecuencias del desempeño de su tarea en el mundo animal, la joven se esfuerza en hacer el menos ruido posible de forma que el último número es apenas visible. Yo a mi vez, espero que no me pasen por error la factura de agua de algún millonario con piscina.
La joven se despide en un susurro mientras los pericos cansados del modo eco, lanzan tres graznidos pisando cada palabra.
La oigo bajar de cuatro en cuatro escalones las escaleras. En su loca carrera, esta vez sin respuesta sonora la visitante de baños se ha dejado el bolígrafo.
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