Añorando las cabezas de gamba en el suelo y a los camareros que enjuagan los vasos con los dedos, entre hace unos días con un grupo de amigos, en un bareto de antiguo cuño.
Pronto me pispé de que era una especie de bar transgénico, una especie de evolución hacia lo limpio de lo que íbamos buscando. El suelo sin un mal papel que llevarse a la retina y un no sé que impostado en los carteles taurinos que empapelaban el techo.
No busco a la gente joven, pero lo cierto es que la mayoría de mis amigos lo son. Decía Wilde que el problema no es que se envejece, sino que no se envejece. Y en mi interior habita una chavala de veintipocos con un packaging que empieza a estar un poco vintage, pero chulo, mal está que yo lo diga.
Pues eso, un bar (y van tres, esto parece un mambo), al que entro con mis cuatro amigos intelectuales de pro que acababan de invitarme a Zarzuela en el teatro de la idem con motivo del cumple de uno de ellos.
Al entrar me posiciono en el extremo. Al preguntar la señora camarera que tomamos y replicarle yo que un zumo de melocotón, me dice sin alterar expresión ni tono: Ah pero pertenece usted al mismo grupo.
Hay que imaginarse este aserto expresado con un estilo interrogatorio y afirmativo a la vez, desinteresadamente asombrado, no se si me explico, pero transmitía la emoción de los bivalvos que no había en el suelo.
Miro a mi derecha a ver si el hombre perfecto o similar se había personalizado a mis espaldas o si le hablaba a otro. Pero no, yo y mi mismidad continuábamos allí. Es a mi a quien habla. Asiento mientras percibo un cierto enervamiento y cariñosa tensión en mis acompañantes.
Nos sirve las cañas, en mi caso el zumo. Y juro que tuve que hacer una sesión de estiramiento de Pilates para poder alcanzar el vaso, que había situado tan lejos, que desde un punto de vista ontológico, ya casi no podemos decir que estuviera en la barra. Mientras, la posadera me mira mascando chorizo con la misma cara de palo.
Charlamos amigablemente y pido la cuenta. Aldonza Lorenzo me vuelve a decir: Ah, pero pertenece usted al mismo grupo. Cuento hasta cien, dudando entre mantener mi flema británica o escupírsela a la jeta.
Me voy a que me hagan un retrato, a ver si me lo hace el que pintó el de Dorian Grey.


