martes, octubre 31, 2006

Burbujas

Cada cual tiene su burbuja, ese espacio circundante que, al ser franqueado, nos hace sentir la desagradable sensación de que el otro empieza a formar parte del ADN de uno. Dicen que los latinos tenemos una burbuja pequeña, que nos gusta la proximidad del prójimo. Mucho me temo que la mía la diseñó un austríaco.


Me encontré ayer con una conocida. La encanta describir lo que va a hacer ese día, semana o mes para comer. El único problema es su termómetro de interés donde el mercurio es ella misma desplazándose en la horizontal hacia el oyente. O sea yo.
Nuestras charlas siempre comienzan a una distancia neutra, pero, a medida que la cosa se caldea, su interés por lo que se dice, o más bien, por lo que ella misma dice, se evidencia por una gradual aproximación a mi mismidad.

El mundo de la elipsis la es ajeno: necesita contarlo todo para contar algo. Cuando me relata los canelones, como consecuencia de no escatimar ni un ingrediente, y de la consecuente aproximación de un centímetro por cada uno de ellos, al acabar de relatarme la cocción pude ver con claridad cada poro de su piel. Cuando llegamos a la salsa ya bizqueaba intentando mantener contacto visual, y en el postre prácticamente nos estábamos besando.

Ayer conseguí salvar mi columna vertebral del furibundo roce del autobús de pura chamba. Su descripción del cocido madrileño versión 1890, me tenía ya contra las cuerdas. Si no fuera por la valla protectora habríamos cruzado la calle.

Como no me apetecía mucho morirme ayer, me situé perpendicularmente a dicha valla. Es aquí donde, a salvo de su acercamiento, comienza la danza. Ella daba un paso hacia mi para contarme la bechamel y yo daba otro hacia atrás en una especie de tango arrastrado que nos condujo casi al lugar donde tenía que hacer mis recaditos.

Y además llegué bailando.
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lunes, octubre 30, 2006

Conclusiones

Queridos lectores,
el doctor Ángel Apocalipsis después de dedicar 45 años al estudio entre la relación del seno y la trayectoria profesional y teniendo en cuenta el pudor evidenciado por las visitantes de este blog poco dispuestas a dar pistas sobre su morfología senil, ha decidido variar la orientación de su investigación.

El doctor, consciente del cuantioso incremento de visitantes durante estas jornadas seniles ha decidido darle una dimensión científica al dicho “Tiran más dos t… que dos carretas” e investigar la verdadera capacidad de tracción del seno femenino.
El Instituto de Estudios de Medios y Soportes ya ha evidenciado su interés por los resultados de dicha investigación.

Yo, por mi parte, agradezco a la marca Pechines la inserción de su publicidad en Cajón Desastre.
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sábado, octubre 28, 2006

Test de senos



Estimados lectores,
a rebufo del post anterior, el Dr. Ángel Apocalipsis, en un alarde de generosidad científica se ha ofrecido a publicar en Cajón Desastre, y en primicia mundial, las conclusiones de una interesantísima investigación en la que lleva trabajando más de 45 años.


Se trata de una ecuación que permite hallar la relación entre la morfología del seno y la trayectoria profesional a través de un complicado sistema de cálculo, basado en los ángulos y parábolas descritos por la mama.

El doctor nos ruega encarecidamente que utilicemos estos conocimientos con cautela. En manos mal intencionadas sus consecuencias podrían ser nefastas.

Las mujeres interesadas en saber los resultados no tienen más que dejar un comentario con el número de seno que muestra más coincidencias con el propio. Al ser tema delicado, la identidad de la consultante puede ocultarse tras pseudónimo.

El Doctor Apocalipsis publicará los resultados en cuanto los acabe de traducir del alemán.
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jueves, octubre 26, 2006

Tetaloj



Veo un anuncio en una marquesina en el que se muestra un pecho, vulgo teta. Es un seno cósmico, no sólo por sus dimensiones, sino porque podemos escudriñar su interior con unos claroscuros que recuerdan las fotos tomadas por los satélites.



El cartel está plantado en medio de Preciados, con el pezón apuntando a Zara. Como fondo, el reloj de la Puerta del Sol. Muy apropiado, pues es un anuncio sobre el tiempo. El que nos queda.
Nos recuerdan que si tenemos entre 40 y 50 años debemos hacernos una mamografía y “verás la vida que te queda”.

Que miedo. Yo como mucho he acudido a una cartomante para saber el kilometraje de mi ajetreada línea de la vida. Pero ignoraba que nos pudieran dar el saldo vía glándula. Ni que hubiera señoras interesadas en saberlo.

A esta teta le debe quedar aún mucha vida, porque todo apunta a que el modo de calcular sea el tamaño.
Y vive Dios que esta es grande.

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lunes, octubre 23, 2006

La mujer de hoy


Echo un vistazo a una revista de moda que avanza el pret a porter invernal. Un diseñador embutido en un traje de corsario, cuello de camisa Mortadelo y abanico, dice crear para la mujer actual. Otro modisto italiano de blanca sonrisa y negra camiseta afirma algo similar.

Los gurús de la moda diseñan para mujeres de hoy, que trabajan etc.

La pregunta que me hago es: estas mujeres de hoy curran claro, pero ¿donde?.

Desde luego algunas de ellas reflotan empresas en Alaska, pues no tienen inconveniente en coger el metro con un gorro de cosaco. Otras quizá firmen contratos en el trópico, o en entornos de calefacción escasamente respetuosos con el environment. Un top transparente de tirantes así sólo es explicable por encima de los 40 grados.

Observo después las fotografías en las cuales las bellas van y vuelven por un fino pasillo con un pie delante de otro, como en la cuerda floja. A la izquierda de la pasarela, leones deseosos de apresar un trozo de carne y tules, cámara en mano. A la derecha leonas deseosas de apresar un trozo de belleza circulante comprando el vestido.

Pues si, va a ser verdad por la pasarela circula la mujer de hoy.
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viernes, octubre 20, 2006

Inseguridad (de la) ciudadana. Escenas Granvienses. Volumen X.


Camino por la Gran Vía. Es de noche y ya muy tarde, aprieto el paso. Sobrevalorando lo codiciable de mis elementos ornamentales, giro mi anillo de forma que la piedra quede en el interior de la mano.

Al tomar una esquina me topo con un barbudo enarbolando un palo. Me llevo las manos a la cabeza. Por mi mente pasa no sólo mi vida, sino la hipoteca y una rememoración del estado de mi depilación por si me tienen que llevar a urgencias. Combinando el flashback con una notable capacidad de desplazamiento, me planto en dos zancadas al otro lado de la calle.
Contemplo la escena en plano general. Es un mendigo, con un largo gabán oscuro anudado con una cuerda. Inclinado, asoma el perfil por la esquina apoyando el palo sobre el suelo. Espera agazapado hasta que otro mendigo está a su altura. Quiero avisarle, pero una vez pasada la situación de supervivencia, mi superego vuelve a tomar las riendas, y me impide gritar.
Cuando el indigente llega a la esquina, el del palo salta como un batracio. Se planta frente al otro que finge sobresaltarse poniendo las palmas a la altura del rostro, como una damisela de cine mudo. El otro suelta el palo y reproduce su gesto como un espejo. Comienzan a reír a carcajadas, se insultan, se cogen de los antebrazos , giran, se golpean, canturrean.
Los dejo rodando abrazados calle abajo.
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miércoles, octubre 18, 2006

Tarde de cine


Estoy con mis sobrinos, entre los dos no suman siete años. Vienen de casa de su abuela paterna, con su madre. El plan es ir los tres al cine y dormir en mi casa. Mi hermana me entrega una mochila con ropa y subimos rápidos las escaleras, pues vamos justos de tiempo.

Al entregar las entradas en la puerta, mi sobrino me dice con una vocalización que para sí quisiera Placido Domingo:

-Tía, hoy no tenemos que comprar palomitas.

Los ojos del señor se abren de par en par. Aprieto la mano del infante con saña mientras sonrío. Demasiado tarde.

-¿ Me permite la bolsa?.
- Pijamas y mudas de niño.
-Tita, insiste el niño tirándome de la manga, hoy no tenemos que comprar pa…

Como un tocólogo que tanteara un bombo de embarazada, el empleado pasa la mano por la superficie. Algo cruje.

- Ábrala ,por favor.

Se acerca un individuo trajeado y un guardia para supervisar la operación. Como un coro griego, repiten cada frase del recolector de tickets.Estamos rodeados de gente que me mira como a Ma Baker.

El guardia toma el papel protagonista. Abre la mochila. En primer término, primorosamente dobladas, unas bragas, de blonda. De los ochenta como poco. Las dejé en casa de mi hermana la última vez que dormí allí. Lo peor no es que sean bragas, sino que son horribles. Aparta el culotte con dos deditos, bajo la ropa, una bolsa de palomitas. Enorme.

-Lo siento, dice chasqueando la lengua- pero nos las tenemos que quedar. No olvide pedírmelas a la salida.

En vano intento ablandarle. Nos conducen a un cuartucho. El guardia escribe mi nombre con un rotulador gordo sobre la bolsa de palomitas. Despacio, letra por letra, las nueve. Los niños siguen cada circunvolución con la boca abierta. Aprenden a escribir mi nombre y a saber que su tía se queda sin poderes frente a un tipo de uniforme con pasamanería. Me miran después como dos huerfanitos de Oliver Twist, sujetándome la mano sin fuerza. El aduanero sopla para que se seque bien la tinta.

Mudos entramos en la sala ya a oscuras, y mudos nos comemos los puños en vez de las palomitas de la abuela.

A la salida, recogemos el alijo decomisado junto a algunos expoliados más. El señor de delante acaba de recuperar su hamburguesa.

El guardia mira a ambos lados y musita:

-Lo siento mucho. Tenía a él encargado detrás.

Creo que he dejado de ser la heroína de mis sobrinos. Intentaré volver a ganármelos con la videoconsola.


¿Algún ángel de la blogosfera podría indicarme que tengo que hacer para que no se muestre la entrada entera, sino solo un trocito y la indicación "pinche aquí para ver la entrada entera".? Muchas gracias.
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domingo, octubre 15, 2006

Maletas



Me voy de viaje. Mi maleta no sobrevivió a su última experiencia aeroportuaria y vomitó su contenido camino a casa. Con mi ropa exhaló también su último suspiro. Quedo boquiabierta la pobre, como admirada de todo lo que había visto. No hubo forma de volver a cerrar la cremallera.

Entro en una tienda. Me paseo entre bolsos y maletas. Al fondo un dependiente en posición de descanso. Cuando doy la vuelta a una etiqueta debo activar algún mecanismo en su cerebro, pues se acerca.

-¿La podemos ayudar, señora?.

El plural de modestia, tan habitual en los ensayistas antiguos y en los dependientes modernos siempre me inquieta. Me parece que me habla Gen Gis Kan o Enrique VIII.

Le digo lo que busco, una maleta pequeña que no necesite facturar.

-Mire, ésta es muy resistente- afirma presentándomela de tú a tú, como a un amigo. Además le regalamos ocho bolsitas de vinilo, muy prácticas, para guardar zapatos, medias…

Sensible a mi indiferencia frente a los argumentos de venta racionales, percibe mi total ausencia de interés por la maleta y sus ocho hijos. Medita una fracción de segundo. Como si hubiera descubierto la pólvora y me lleva raudo al otro extremo sujetándome por la bocamanga.

-Mire, señora, que belleza… ligerísima, infinita, eterna, de vinilo.

Aunque le noto algo obsesionado con el vinilo en todas sus formas, la poética vendedora está alcanzando cotas garcilasianas.

Desde luego, comprar algo ligero infinito y eterno y además de vinilo, es tentador.

Mi monedero dice no pero mi corazón asiente y asiente rendido ante esta retórica Samsonite.
Narcotizada de lirismo, doy mi ok. El dependiente, consciente de que los paréntesis que se abren siempre hay cerrarlos, sentencia entornando los ojitos y alzando dedo gordo:

-Estupenda elección, mi amor.

Disimulando mi estupor asiento como indiferente al vertiginoso giro en transacción amorosa de la transacción comercial.

-Espéreme si quiere en la caja que ahora le llevo la maleta, mi niña.

Citas en la caja, paidofilia… cuantas emociones por tan poco dinero. Con todo agradezco que las palabras de amor sean postcoitum consumidor y no un mero previo donjuanesco.

El vendedor me observa callado por primera vez.

-No le ofende, no la he ofendido…¿Verdad, señora?.

Me hago de nuevas. Hago como que no caigo y después digo un no, dilatado como un útero de quintillizos.

-Es que una cliente dio una queja. Tenía lo menos cincuenta años…afirma meditabundo.

Se detiene al detectar la señal de alarma gorgónica en mis ojos cada vez más cercanos a esa edad.

-Bueno, preciosa, era preciosa, también preciosa, como usted- remata algo chapucero. Presentó una reclamación. Nosotros hablamos así. No la ofendí, ¿verdad?…

Es aquí cuando desempolvo el penoso discurso del uy- yo- tengo- muchos –amigos- sudamericanos- no- se- preocupe- se- que- ustedes –hablan- así. Me siento original como una conversación sobre el tiempo en un ascensor.

Parece más tranquilo. Nos despedimos. Me lleva la maleta a la caja, pago y me voy. Casi parecía que había ligado, vaya por Dios. Otra vez será. Si es verdad que la maleta es ligera.
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miércoles, octubre 11, 2006

Becarios

Si un buen día desapareciera la silicona de las casas los edificios se desmoronarían como una baraja de naipes. Silicona en las juntas de las ventanas, en las mamparas, en las puertas, sellando hornos, muebles, azulejos, bañeras, inodoros.

La silicona pega el mundo, y sobre todo, impide que huela.

Dicen los que se dedican a estudiar a los creadores que crear es vincular ideas dispares que nunca habían tenido relación. Pues bien, la silicona es el Leonardo da Vinci de nuestro tiempo, el Einstein de nuestra era. La silicona casa maderas con metales, cristales con plásticos, polivinilos con mármoles, cerámicas con yesos. Le sirve igual a Norman Foster que a Paco Méndez.

La silicona mola y si un día desapareciera, los edificios se desmoronarían como una baraja de naipes. La silicona es importante pero, si un buen día desaparecieran los becarios de las empresas se caería el mundo entero.

Becarios haciendo el trabajo de sus superiores por una miseria. Becarios que vuelven a ser contratados en su puesto sin tener ya nada que aprender ni que ganar. El asiento sudado del becario, receptáculo de innumerables culos juveniles. Puesto subastado una y otra vez a la ilusión del recién llegado.

Kundera dice que el coqueteo es una promesa de coito sin garantía, el ser becado es una promesa de curro sin garantía, que casi nunca acaba en cama.
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lunes, octubre 09, 2006

Flores de cafetería



Sintiendo la ineludible llamada de la cafeína, entro en una cafetería de camino a la Redacción.

En la barra, dos chicas negras impresionantes y el entorno testosterónico trastocadísimo. Los oficinistas hablan en voz alta, gesticulan y se ajustan el nudo de la corbata por turnos. Rodean a estas dos gacelas de melena setentera cardada al viento, cintura de avispa, labios de rubí, dientes de perlas, cuello de cisne. Y nuez.
Son dos transexuales emanando estilo y gracia más allá de todos los géneros y por encima y alrededor de los cruasanes y las caracolas. Desayunan en silencio. No llevan, aparte de las melenas, nada extravagante. Se diría que se han puesto de acuerdo para vestir igual. Vaqueros ceñidos, jersey de pico holgadísimo, a lo Jane Birkin y gafas de mosca. Pero son como vallas publicitarias, tan grandes que hasta lo más sencillo llama mucho la atención.

Las piernas de las divas dan tres vueltas al taburete antes de aterrizar en el suelo sin problemas. Miro mis patitas entaconadas colgando a veinte centímetros del pavimento.
Muerta de envidia y dejando rebotar mis pensamientos en los confines de mi triste uno setenta, pienso que más allá de los conflictos de identidad sexual, debe ser cansado desplegar una escenografía corporal tan inevitablemente aparatosa desde primera hora de la mañana. Apuro el café y dando un saltito desde el taburete inicio la retirada.

Más tranquila.
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viernes, octubre 06, 2006

Intelectualidad a mandíbula batiente


Almuerzo en un Restaurante donde la nada que adorna el entorno ha debido costar una pasta. Y es que decorar al vacío es carísimo. Por eso todos los sitios finos lo hacen.

Estoy con un periodista, compañero de trabajo y un conocido suyo. Es un argentino de madre japonesa y padre belga. De estos maridajes suele salir gente con un atractivo de pasaporte complicado, pero interesante.

Mientras tomamos un vino que elige sin titubear, nos habla de lo divino y de lo humano con un discurso carente de "ces" de propiedades sofronizantes.

Babeante, intento apuntalar mi mentón finamente y destilar con tino mi cosmopolitismo Atrápalo.com.

Nos traen la comida. Sitúan un plato frente a él. En el centro de una fuente cual piscina olímpica yace un chipirón al que parece que le han hecho hasta la manicura. Alrededor del huérfano, una salsa negra en modo grafismo como aplicada por Picasso.

Le mete mano al chipirón, que me da pena los ojitos que tiene. Con unos deditos preciosos le corta un par de tentáculos y los come. El pobre creo que es consciente de que va a quedar con hambre, pues mira el resto del cadáver con una expresión como de perdida.

Mastica y mastica los trocitos sin dejar de hablar. Ese es el problema. Intenta sacarle la sustancia última y primigenia al minicefalópodo y a Houellebecq a la vez.
Observo como las patitas del animalito cada vez mas reducidas migran del carrillo izquierdo al derecho. Hasta que al final traga. La nuez sube y baja desde debajo del cuello de la camisa Ralph Lauren al mentón. Debía estar ya muy seco el bocado, porque le pega un trago más que considerable al vino.
Continúa con la disección. Le corta un trocito al cuerpo. Como tiene mas chicha, su oratoria se enciende e incluso sonríe. Hemos llegado a Paul Auster y es al pronunciar este nombre cuando la tinta del cefalopodo marca Parker como poco, ha colonizado ya no solo dientes y encías, sino que empieza a asomar por las comisuras.
Espero que en su repaso por la literatura anglosajona de pro haga alguna referencia a Amis padre o hijo, pues al juntar los labios en el “mis” quizá se le ocurra pasarse la lengua por ellos.

Decía Andy Warhol que comer y hablar a la vez en un restaurante es algo que sólo saben hacer los ricos. Y yo añado que ni eso….
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jueves, octubre 05, 2006

Vida Zen todo a cien

La vida Zen todo a cien. Volumen 2

La emulación del estilo de vida Zen alcanza sus más altas cotas de charme en la decoración con piedras. Los rincones decorados con cantos rodados, si bien en ocasiones son utilizados como receptáculo de las deposiciones de canes y felinos, transmiten paz y sosiego al espíritu con una más que aceptable relación calidad precio.


Mientras trabajo a la par que caliento mis muslos otoñales con el tupperware informático cual braserillo, busco inspiración allende mis fronteras personales posando la mirada en diferentes elementos de mi entorno. Sobre la mesa una redecilla vacía de las piedras. Debe ser testigo de mis partos literarios lo menos desde hace dos semanas. Colgando de un fleje de nylon una etiqueta con la siguiente leyenda:


Decoratieve stenen
Alleen bestemd voor decoratie


Piedras decorativas
Solo para uso decorativo.


Piedras sólo para uso decorativo. Estos holandeses exportadores conociendo el carácter ibérico siempre presto a la enajenación y la cólera quizá teman que lapidemos a la adultera del quinto con ellas.

Y claro, nos advierten.
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martes, octubre 03, 2006


Canción del Sushi Bar.
Melodía espasmódica.
Hard Rock beat tempo.


Como soy chica moderna
jamás entraré en una taberna.
Si me buscas, me encontrarás
en mi Sushi, Sushi, Sushi Bar.

Sushi Bar es lo que mola
los peces nadan en cintas transportadoras
y desde lejos he de elegir
que pez crudo deglutir.

Coro de notarios:

Sushibar,
los peces nadan en cintas transportadoras
Sushi bar, sushi bar.

Mi colega no decide
y pragmático se inhibe
sus dedos que tocan a Chopin
solo pueden rascarse el magín.


Yo que nunca había pescado,
me fijo en el que tengo al lado,
Sudoroso por coger al vuelo
el takimaki de su anhelo

Coro de pescadores:
No son no, no son salmones
pero contra la corriente van
de este sushi sushi sushi bar



Esto es Zen amigo mío
decisión, acción y brío
porque en la lontananza veo aparecer
el alga verde que he de coger.


Desde lejos calculo si me gustará
pero como soy miope y no esta cerca
hasta que el escualo en trozos no se acerca,
no saldrá por mi mano de su alberca.

Coro de sindicalistas:

El japonés no cocina perdices
pero corta atún en nuestras narices
porque mola trabajar en este sushi sushi sushi bar.



Mientras trato que de mis palillos no se caiga la tempura
echo un ojo a una hoja de verdura.
En un flyer me enseñan como hacer origami
y me pregunto como podré hacer gorritos.
¡Si lo hago, no pillo pescadito!.


Y ¿cuanto costará?
mi amigo pianista la solución no avista.
Estólido en la silla
apoya la mano en la rodilla,
Él, que toca el “El revolucionario”
majara está con tanto acuario.
Incapaz de decidirse
con tanto trajín y poco alpiste.


Al final nos cobraran
según lo que hayamos comido,
por un puntito en el plato
que pasa desapercibido.
Si es rojo un leru cuesta,
si verde cuatro pondré en la cesta.
Al final los colores se suman y no dan otro color
sino una factura y un poco de dolor.

Coro de masajistas:

Ligera tensión

en la repartición.

Ligera tensión

en la repartición.
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viernes, septiembre 29, 2006


Buenos modales

Ejercer mi exquisita urbanidad en los medios de transporte público no es tarea fácil.
Sobre todo en lo que se refiere al espinoso tema de la cesión de asientos. Viajar sentada en bus me obliga a llevar a cabo una acelerada reflexión sobre la debilidad y la fortaleza del prójimo entre parada y parada. Decidir de un vistazo, quien es menos joven o esta más cansado o tullido que yo es ética y ontológicamente agotador. Y más si encima se lleva tacón.
Como un portero de campo de concentración a la inversa, tengo que decidir quien es el más débil de la cola de los que entran. Pero no para enviarle a la cámara de gas, sino a sentarse.
Complicadísimo.

Pica el bonobus una señora. Si yo tuviera sesenta años, saliera tan mona y tan peinadita a merendar con mis amiguetas y alguien me ofrece un asiento, me corto las venas. O sea que nada, trasero bien pegado a mi asiento.

Las embarazadas también tienen su enjundia. En ocasiones no se sabe si nos hallamos en el primer estadio de la gestación o del sobrepeso. El incauto ofrecimiento de la plaza puede ser motivo del desaire y exabrupto de alguna tripona deshabitada.

Los lisiados son una ecuación bien sencilla. Muletas, collarín, bastón igual a asiento. Facilismo, excepto por la inquietante circunstancia de que todos los lisiados se bajan siempre en la próxima parada.

Entra un jubileta. Perfecto candidato. Arrugadito y sonrosado. Tiene por lo menos ochenta años. Huele a colonia Nenuco. Es menudo y apenas llega a la barra sobre su cabeza diseñada por algún ingeniero mastodóntico del primer mundo ajeno a la verdadera altura del ciudadano medio. Se sujeta con ambas manos. Apenas roza la barra con las yemas.
Le ofrezco mi asiento. El viejete se estira y enseñándome una impecable dentadura de pago me dice:

-Señorita, ¿Soy alguno de los tres?.

Ante mi desencaje de mandíbula frente a pregunta tan teológica, el Séneca del 21, se queda colgado de un brazo y casi sin llegar con las puntas de los pies al suelo, y jugándose el coxis, señala con un dedito sacacorchos, un cartel a mi izquierda.

En él podemos ver tres siluetas, a saber:

Una embarazada con un vestido con canesú totalmente out
Un politraumatizado con cabestrillo y muleta
Un anciano con bastón y chepa.

Intento pensar a toda velocidad mientras el conductor deja convertida la montaña rusa del parque de atracciones en un columpio de párvulos. Medito mi respuesta, pisamos terreno resbaladizo.

No ,no, afirmo negando.


Desde luego no es ninguno de los dos primeros, y cualquiera se atreve a sugerir a esta jovial sonrisa con pantalón mil rayas que es el último.
Sacando pecho, satisfecho por la contundencia de su k.o , el púgil dialéctico del Inserso intenta meterse la camisa por el pantalón mientras esta a punto de partirse la crisma con el último trastabilleo del bus.

-Hay que tener humor ¿No le parece Señorita?. Tiene unas pupilas azul marino sin edad.

Asiento con la cabeza mientras constato que había olvidado considerar la galantería y la inmarchitable coquetería en el reparto de asientos.

No me vuelvo a sentar en el autobus. Demasiadas decisiones entre Goya y Princesa.
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miércoles, septiembre 27, 2006


Early in the morning
Primera hora de la mañana. Olor a café, arrullo de periquitos, gato regalón.
Timbrazo y carrerita hacia la puerta. Al preguntar quien es, una voz me responde:

- El agua.

Me visita el agua. Pego la córnea a la mirilla. La lente cóncava muestra una cabezota de mujer de la que cuelgan un cuaderno y una linterna al final de unos bracitos de alambre. El cuarto elemento me sigue hasta el mingitorio sin resuello, tras subir tres pisos sin elevateur.

Decía Keats que él era aquel que escribió su nombre sobre el agua. Pues bien, esta joven no escribe sobre el agua, pero está claro que la lee. En su abultado cartapacio cabría el registro de lecturas de Mesopotamia. Como poco.

Antes de proseguir con mi relato he de decir, que mi tendencia a decorar lo indecoroso me llevó a montar un encantador jardincillo sobre la mocheta donde se oculta el contador en el baño.
Consta el altarcillo de una treintena de pedrezuelas de río (compradas), tres cactus mejicanos ( papier mache), un frasco de cristal con arena del Sahara (pan rallado) y caracolas marinas (Tour Todo A Cien). Detrás, un espejo tipo cornucopia con el objeto de favorecer el efecto duplicación, que es la forma más barata de tener el doble de cosas y de espacio.

Sobre la marcha constato que mi intento de transmitir una digna espiritualidad queda quizá algo desvirtuado por la total extroversión del inodoro a droite (tapa levantada).

Como con tanto barroquismo es imposible levantar la tapa del mochete del contador, inicio el cambio de escenografía en directo. Cada vez que dejo un guijarro sobre la cisterna, los periquitos henchidos de adrenalina, reproducen el sonido con la sincronía del eco, pero quince octavas por arriba y con la garganta de Johnny Weismuller. Recortados contra la ventana, se sacan los ojos compitiendo por emitir el graznido más espeluznante.

Tras de mí, la cartomante hidraúlica se refleja en el espejo mientras realizo la operación. Sus ojos oscilan sin pestañear, entre el kimono Madame Butterfly que envuelve mis carnes tolendas, o el desmantelamiento pret a porter, que llevo a cabo. De pronto un tercer estímulo absorbe por completo su atención. Siguiendo la dirección de su mirada veo que, sobre el lavabo, un calzoncillo adolescente marca su territorio con espatarrada contundencia flanqueado por un dispensador de jabón art noveau. Si bien es cierto que, totalmente centrado y por fortuna, introvertido.

Sudorosa abro la tapita del mochete. La exégeta de contadores enfoca con la linterna al interior manteniendo una distancia prudencial. Al apuntar su lectura en el cartapacio cada uno de los siete dígitos es subrayado por un graznido que levantaría a un muerto de su tumba y mi gato hasta el momento silencioso, inicia su propio contrapunto dodecafónico maullando como si le arrancaran la piel a tiras.
Consciente de las consecuencias del desempeño de su tarea en el mundo animal, la joven se esfuerza en hacer el menos ruido posible de forma que el último número es apenas visible. Yo a mi vez, espero que no me pasen por error la factura de agua de algún millonario con piscina.
La joven se despide en un susurro mientras los pericos cansados del modo eco, lanzan tres graznidos pisando cada palabra.

La oigo bajar de cuatro en cuatro escalones las escaleras. En su loca carrera, esta vez sin respuesta sonora la visitante de baños se ha dejado el bolígrafo.
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lunes, septiembre 25, 2006

Parkour

Parkour

El Parkour es una forma de partirse los piños filosóficamente.

Su planteamiento es tan simple como el mecanismo de un chupete: se trata de unir dos puntos mediante una línea recta, que, al parecer, sigue siendo la forma mas económica de hacerlo.

Pero lo que tiene su aquel, es que dicha línea la dibuja a puro brinco un gachó, el traceur, que corre y salta cual primate para superar los obstáculos y mantener su insobornable trayectoria.
Una vez fijados el punto de salida y el de llegada, si hay que saltar se salta, si hay que trepar se trepa. Que se encuentra un árbol, se sube y de allí salta a otro, que se topa con un muro, se encarama a él y accede a una ventana.

Y no de cualquier forma, sino manteniendo compostura y estilo, tobillos de hormigón con apariencia de goma y dedos finos siempre dispuestos a agarrarse a una cornisa.

El traceur salta con la elegancia de una pantera, y si alguna vez su vuelo encuentra el suelo, no tuerce el gesto, ni resopla, ni se lleva la mano al glúteo o se limpia la rodilla con saliva. El traceur se levanta y sigue.

Para que luego digan que la juventud se tuerce, o que es inconstante o díscola. Su slogan: Ser y durar.

El Parkour salió del magín de un militar-bombero que lo ideó para que su hijo pudiera sobrevivir a los rigores castrenses. La escalada en el marco del ejercito no es asunto desdeñable, pero al mancebo le ponía más acceder a cimas mas palpables y con sentidos no exclusivamente verticales. Así que, colgó el cetme, y sustituyo árboles por edificios, y lagos por fuentes.
En realidad, esto no es nuevo. Hace cuarenta años ya lo hacía Mary Poppins, niñera inconsciente, acompañada de un deshollinador y dos párvulos por los tejados de Londres. Siempre me encantó esa secuencia, desde niña. Mi madre no encontraba la forma de desprender mis garras de la butaca del cine de sesión contínua donde la veía una y otra vez.

Si mi sacro fuera un poco más profano, me pondría una falda con crinolina y desde mi balcón saltaría a la cornisa del Centro de salud, de ahí a los Cubos de la Plaza de Santa Micaela, y luego de farola en farola, Gran Vía arriba, hasta llegar a los acogedores brazos de la Cibeles.



Podeis verlo aquí a escondidas de adolescentes y maduros emuladores, por Dios…no intenteis hacerlo en vuestras casas...
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domingo, septiembre 24, 2006


Elegía por el cierre del Cine Rex

Oh Rex , cine con baja autoestima,
donde Rita Hayworth vestía faldas de tergal
y John Wayne disparaba con pistolas todo a cien.
Varado entre un Hotel al que se entra de perfil,
y una tienda de ropa para suegras,
tus estrenos siempre parecían reposiciones.


Dispuesto contra tu pobre voluntad a ser Ave Fénix

pasas por una larga etapa de cenizas.
Vestido con terciopelo ajado,
en tu reencarnación te sueñas Capitol,
cine frontal y rotundo.


Tú, pobre cine de esquina,

puta vieja,
no tendrás en tu retorno,

plumaje tornasolado
ni alto vuelo.

Tras las cenizas de carbón sintético
volverás convertido en ave de Kentucky
o en mamífero transgénico
con salsa barbacoa o tártara.
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jueves, septiembre 21, 2006



Oda al Caballero del Pixel


Oh Caballero del Pixel,
ingeniero ingenioso
dotado para fletar cohetes y diseñar satélites,
sin embargo, generoso y humilde
hurgas con tus dedos finos de cirujano del software
en las tarteras informáticas del prójimo
curvando las esquinas del pixel hasta redondearlas.

Oh herrero cibernético,
Vulcano con disquette,
forjador de metales intangibles,
parco orador en HTML.

Filósofo, bien sabes que no cabe engaño entre el cero y el uno,
para que líneas y volúmenes se fragmenten
viajando entre vacíos,
y después de una pirueta cibernética,
reaparezcan ante los ojos
iluminadas y fieles.

Dedicado a David Fernández.



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martes, septiembre 19, 2006

Flying

Flying experiences. Volumen dos.

Con el avión a punto de despegar de la pista de aterrizaje de Heathrow observo, henchida de cosmopolitismo, que uno de los cristales del ventanuco sito a mi izquierda, no pasaría ni la itv de un inspector borracho.

Mientras, la aeromoza nos recuerda que, en el improbable caso de que se produzca una despresurización, respiremos con normalidad (¡) mientras observamos como empiezan a llover mascarillas de oxigeno del techo y nos estallan los tímpanos.

Evitando la recepción de ningún tipo de estimulo auditivo o visual más, mi mirada se fija por azar en un luminoso de British Airways colgado en una nave próxima. Algunos de los caracteres tipográficos tienen los neones fundidos, suministrando un titular involuntario: British ---ways.
Estilo británico, insuperable. Leer más...

viernes, septiembre 15, 2006


Coitus interruptus o La admiración tenía un precio.
Quedé ayer con un amigo junto a el oso de la Puerta del Sol. Tener que contemplar los genitales del plantígrado durante 20 minutos en contrapicado rozaba la zoofilia, así que subo dando un paseíto en dirección a Callao.

Como a punto de ser prensado, entre El Corte Inglés y la Fnac, un joven con aspecto de haber dejado una cátedra en Ucrania, toca el cello. A su alrededor, el caótico circular de compradores compulsivos y voluntarios de ong, que también piden, pero sin tocar nada.

Poder esperar mientras escucho la Suite para cello de Don Juan Sebastian, una de mis favourites ever, me llena de arrobo. Porque el rapaz agarra de las alas a toda la jerarquía angélica y me la planta ante los ojos cada vez que desliza el arco sobre las cuerdas.
Son numerosas las personas que depositan su óbolo en el canastillo habilitado al respecto. Cada vez que esto sucede, el violonchelista inclina la testa mientras el arco mantiene invariable su trayectoria y la mano izquierda su frenético movimiento, imprescindible para poner tanta serenidad sobre el asfalto.
Junto a mi, una chica escucha embelesada. Tiene el aspecto de una monjita en fin de semana.
Al acabar el primer tema, el músico aprovecha para ajustar una de las clavijas. Es entonces cuando la joven se desliza hacia el, y con dos deditos deposita una moneda en su mano. El virtuoso se levanta inclinando no solo el cráneo, sino también la cerviz, convertido en mendigo musical.

El ejecutante ejecutado se dispone a seguir tocando, pero la groupie babeante continua una perorata que mi oído de tísica no alcanza a oír. Como veo que pone los ojos en blanco, se lleva la manita al pecho y hace que se desmadeja, una de dos, o la cosa va de embeleso musical, o se le está declarando.
El concertista de aire libre hace un amago de sentarse para continuar, pero la moza le planta una zarpa en el antebrazo y sigue loando. El músico exhibe una expresión resignada, pero amable, no como yo, que debo tener cara de gorgona por haberme quedado sin regalo.
Por encima del hombro de la samaritana musical, el muchacho echa una mirada furtiva a la cesta, más sorda que Doña Rogelia, constatando arco en mano, que pierde a un ritmo de 2o centimos por palabra.

Y mi amigo llegó.
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