Anoche me encontré con una conocida de toda la vida.
Estaba junto a un cajero, con su perro. La osteoporosis le ha dejado un cuerpo menudito de brazos desmesuradamente largos. Llevaba una boina ladeada adornada con un broche que le daba un aire a lo a Louise Brooks septuagenaria de lo más chic. Me pilló echándole un vistazo a sus zapatillas deportivas de un dorado mate, yo creo que de Prada, pero hubiera tenido que guiñar mucho el ojo para confirmar. Una chulada. Se alzo un poco la pernera de lustrosísimo tweed del pantalón para facilitar mi avistamiento.
-Un caprichito, pero son comodísimas hija. Comodísimas.
Isabel es una señora que desciende de tres generaciones de mujeres que siempre encuentran algo agradable que decirte. La última vez que ví a su madre, con 98 años y ya enferma de alzheimer se interesó por mi inexistente hermano “el que vive en Tokio” para reiterarme ,acto seguido, el mismo piropo con el que lleva apuntalando mi autoestima desde la década de los setenta “pero mira que es elegante esta niña-joven-señora”.
Su hija es igual. Sus charlas a pie de portal jamás incluyen la meteorología ni la artrosis. Sin embargo, la noté algo distraída mientras alababa mi nuevo corte de pelo, como habla uno mientras piensa o hace otra cosa, un poco despacio. Intentaba quitar el papel de una pegatina del tamaño de una tarjeta de visita.
Al parecer, la entidad bancaria frente a la que nos piropeabamos hizo un recortecito de plantilla prejubilando a un montón de gente en plena posesión de sus facultades, entre ellos su hijo. La anciana está haciendo su propia guerrilla urbana pegando pasquines que informan de la situación por las entidades bancarias de los Jerónimos y zonas aledañas. Me enseñó una de las pegatinas. Con impecable caligrafía describía la situación laboral con un breve texto escrito en rima asonante.
- Aprovecho cada vez que saco al perrito para pegarlas. Tan solo duran unas horas, se quitan con facilidad. Mañana ya no están.
Su hija es igual. Sus charlas a pie de portal jamás incluyen la meteorología ni la artrosis. Sin embargo, la noté algo distraída mientras alababa mi nuevo corte de pelo, como habla uno mientras piensa o hace otra cosa, un poco despacio. Intentaba quitar el papel de una pegatina del tamaño de una tarjeta de visita.
Al parecer, la entidad bancaria frente a la que nos piropeabamos hizo un recortecito de plantilla prejubilando a un montón de gente en plena posesión de sus facultades, entre ellos su hijo. La anciana está haciendo su propia guerrilla urbana pegando pasquines que informan de la situación por las entidades bancarias de los Jerónimos y zonas aledañas. Me enseñó una de las pegatinas. Con impecable caligrafía describía la situación laboral con un breve texto escrito en rima asonante.
- Aprovecho cada vez que saco al perrito para pegarlas. Tan solo duran unas horas, se quitan con facilidad. Mañana ya no están.
- Te están grabando lo sabes ¿No?, le dije apuntando a la omnipresente camarita.
Se encogió de hombros, me dio un beso y continuo su periplo calle arriba. Me quedé mirándola mientras caminaba. La ví detenerse en otro banco más arriba. Hablaba con una pareja de jóvenes mientras pegaba otra pegatina.






Me cuenta un amigo que en su colegio, allá por los sesenta, los profesores castigaban a los niños díscolos a salir al balcón.












